He ido a pasar unos días
a
la orillita del mar,
pensando
estar muy tranquila,
tomar
el sol y nadar.
El
primer día que bajo
a
la playa, tan contenta,
llevando
en mi bolsa un termo
con
helado té de menta,
me
temo que no hay lugar
para
plantar mi sombrilla,
aunque,
al fin, encuentro un hueco,
a
cien metros de la orilla.
Llego
rauda y me aposento,
estiro
bien la toalla,
y
me tumbo, musitando,
¡qué
bien que se está en la playa!
Más,
de pronto, un proyectil
me
llega como las balas…
¿Es
que habrá algún insensato
que
esté jugando a las palas?
¡Era
lo que me faltaba,
me
ha impactado en la nariz!
tal
y como empieza el día
no
lo intuyo muy feliz.
Mejor
será que me ponga
un
buen ratito en remojo…
que
ese niño del rastrillo,
por
poco me saca un ojo.
El
agua está algo revuelta
pero
eso a mí no me arredra,
peor
ha sido al entrar,
que
me he clavado una piedra…
¡Madre
mía!¿esto qué es,
tan
viscoso y transparente?
¡Se
me pegó una medusa
que
llegó con la corriente!
¡Ay,
qué picor!, ¡qué urticante!,
¡cómo
la piel se me ha puesto!
Voy
corriendo a un dispensario
a
ver si me arreglan esto…
Y,
en cuanto me hayan curado,
os
lo digo de verdad,
que
voy a hacer las maletas
y
me vuelvo a la ciudad.